Por qué mis pechos son mi segundo atributo favorito, después de mi mente

 

Recuerdo la primera vez que un hombre me dijo que yo era inteligente. Tenía 11 años y un chico que me gustaba me pidió que fuera su compañera en un proyecto de ciencias.

Cuando le pregunté por qué me había elegido, esperaba que dijera que yo también le gustaba a él. En vez de eso, su respuesta fue: “Porque eres la chica más inteligente de la clase”.

Pero este cumplido fue casi mejor que si él me hubiese dicho que le gustaba. Me apreciaba por mi cerebro, lo cual me encantó porque mostraba que todo mi trabajo duro en la escuela me había hecho ganar un poco de respeto.

Brevemente después de esta experiencia, entré en la pubertad. No pasó mucho tiempo antes de que alguien señalara que la Madre Naturaleza había sido más que bondadosa conmigo -y con mis pechos, concretamente.

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La primera vez que ocurrió fue con 13 años. Llevaba una camiseta amarilla de Abercrombie, estaba acostada en el pasillo, leyendo un libro, y mis amigos me estaban mirando. Cuando pregunté qué miraban, simplemente comenzaron a reírse y dijeron: “acabamos de darnos cuenta de lo grande que son tus pechos”.

Los comentarios sobre mis pechos aumentaron cada vez que mi talla de sostén lo hizo. Lenta pero seguramente, recibí menos comentarios sobre mi mente y más sobre mi cuerpo. Al principio, me sentía muy avergonzada sobre esto, pero como sabía que no desaparecerían decidí aceptarlas.

Una vez que cambié mi modo de pensar, realmente comencé a amar mis pechos. El único momento en el que los considero una molestia es cuando estoy haciendo ejercicio, pero son parte de quien soy.

Aún así, me di cuenta de que si quería que las personas se concentraran en mi personalidad, ella tendría que ser más grande que sus dos rivales. ¿Quién podría haber dicho que una chica aprendería tanto de dos depósitos de grasa?

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A pesar de que adoro mis pechos, no son la parte favorita de mi cuerpo. Siempre estarán en segundo (y tercer) lugar después de una parte muy especial de quien soy: mi mente. Cada día es una oportunidad para explorar, cuestionar y evaluar las atmósferas que nos rodean. Y no tienes que ser el próximo Einstein para ser considerado un intelectual. Muchas personas piensan que los resultados de tus pruebas definen qué tan inteligente eres, pero el intelecto es mucho más que una prueba.

Las mujeres deberían ser capaz de hacer suyas las partes de sí mismas que amen pero sin dejar que opaquen otros atributos de los cuales también se sienten orgullosas. No deberíamos tener que esconder aspectos de nosotras mismas para realzar otro.

Me niego a no llevar escote por el resto de mi vida para hacer que a los demás les sea más fácil entender que tengo un cerebro. También me niego a volverme tonta para que las personas miren mis pechos y me encuentren más atractiva.

Las mujeres deberían enorgullecerse de sus cuerpos y asegurarse de que el hacerlo no deje en segundo plano sus hermosas mentes. Algunas de nosotras tenemos ese notorio rasgo físico, pero no significa para nada que es la única razón por la que deberíamos ser apreciadas.

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